2 dic. 2012

Siempre fui una chica rara, mi madre me decía que tenía alma de camaleón. Ninguna brújula de moralidad señalándome cual era el norte, ninguna personalidad estable. Sólo una indecisión interior que era tan grande y tan vacilante como el océano. Y si dijera que no fue mi intención que todo se tornara de esta manera, estaría mintiendo, porque nací para ser la otra mujer. Yo no le pertenecía a nadie, que le perteneciera a todo mundo, que no tuviera nada. Lo quería todo con el ardor de cada pequeña experiencia y una obsesión de libertad que me aterrorizaba al punto de que no podía hablar al respecto, y que me impulsó a un punto nómade de locura que me deslumbraba y me mareaba.

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